jueves, 15 de junio de 2017

La leyenda de los 4 elementos


Antes del principio, el Creador de todas las cosas, el Hacedor-Arquitecto, el Dios de la Vida, decidió expandirse más allá de sí mismo para hacerse más sabio y más bello; fue entonces cuando emprendió la tarea de crear todo lo conocido y todo lo que aún no conocemos.
Y así fue que estiró su mano hacia el SUR, que es la dirección que marca el crecimiento y la fructificación, y de allí tomó AGUA y dijo: -"este es el elemento del que surge la vida, que lava y refresca, que hace crecer y da vitalidad; es el elemento que contiene las formas bellas, la emociones y los sentimientos..." Y asoció el Agua con lo femenino.
Luego estiró su mano hacia el NORTE, dirección de la renovación, del conocimiento y la sabiduría, tomó AIRE y dijo: -"este es el elemento del aliento, de la palabra y de la música, de la luz, el color y el perfume; es el elemento que contiene los pensamientos, las ideas y la creatividad; en él está la fuerza de la razón..." Y asoció el Aire con lo masculino.
Más tarde tendió su mano hacia el ESTE, dirección de lo nuevo, de los comienzos, del nacimiento, y de allí tomo FUEGO y dijo:- "este es el elemento de la iluminación y el esclarecimiento, de la purificación y de la fuerza de la vida, de la salud; él es el que contiene el poder de la fuerza espiritual, es la energía, la pasión y la acción..." Y vio que el Fuego también era masculino.
Por último, Dios llevó su mano hacia el OESTE, que es la dirección de la madurez, de la cosecha y de las recompensas, y de allí tomó TIERRA y dijo:- "este es el elemento de lo interior, de lo misterioso y lo secreto, de lo que muere para nacer; en ella las formas se han hecho materia, y contiene en sí la belleza del cambio y de lo dinámico como parte de la vida..." Y vio que esto también era femenino.
Luego el Gran Hacedor, con los cuatro elementos en las manos, comenzó a combinarlos creando así todo lo que existe y en orden de importancia, primero las formas más simples y creciendo así hacia lo más complejo. Y una vez concluida la creación, la puso en movimiento y comenzó a evolucionar, a crecer... y cosas nuevas surgieron de la creación, porque esta tenía vida, y Dios fue feliz porque con cada movimiento nuevo de la creación él mismo se renovaba, puesto que él es la creación.
Fue entonces que decidió hacer una especie consciente de sí misma y con la capacidad de colaborar con la Gran Obra Creativa del Universo. Se trataba del Ser Humano.
Así probó hacerlo con dos de los elementos, tierra y agua, amasando el barro con el que les diera forma; estos primeros seres eran torpes, sin vitalidad, inertes. Por ello es que decidió incorporar un tercer elemento que les diera el espíritu de la vida, el fuego.
Pero estos seres también estaban incompletos, no podían crecer ni reconocer en ellos al Creador, por lo que no comprendían para qué habían sido creados, carecían de alma. Así es que incorporó un cuarto elemento a la creación, el aire.
La creación más sentida hasta ese momento había sido el maíz, el alimento de los dioses. Y amó al ser humano como al maíz, el hombre fue como la carne del maíz. Y al soplar sobre él, el ser humano se esparció por la tierra, como granos de maíz volando al viento.
Repartió sus semillas por las cuatro direcciones de la Tierra: los granos blancos cayeron en las regiones frías del Norte dando lugar a los pueblos de piel blanca; los granos de mazorca oscura volaron hacia el Sur haciendo brotar a los pueblos de piel negra; los que volaron hacia el sol naciente, hacia el Este, fueron los granos más soleados, los más amarillos, nacieron entonces los pueblos orientales; mientras que los maduros granos rojos fueron hacia el Oeste, hacia América donde nacieron todas las Naciones Indígenas.
Dios habla en lo dinámico, en el cambio, así las cuatro grandes naciones-madre con sus modos diversos de relacionarse con la Tierra, cada cual con su propia cultura, comenzaron a caminar la Tierra, a encontrarse, y a mezclarse, a crear nuevos colores con los que pintar el Mundo.
De las cuatro direcciones de donde Dios extrajo los elementos primordiales, de los cuatro puntos cardinales, de esa unión, surgió la más sublime y hermosa de las combinaciones: el Espíritu Humano.
Pero los primeros hombres que poseyeron ese espíritu humano se creyeron superiores, creciendo dentro suyo un orgullo desmedido, sintieron que podían dominar la tierra, no solo vivir de ella, sabiendo lo perfecto de la creación, olvidaron la humildad y el respeto con que hay que tratarla, y entonces fueron, egoístas y crueles, dando mal uso a los poderes de la Naturaleza y dejando de escuchar la voz de ella, pues se sentían más importantes que ella, y al instalarse en ciudades y dejar de buscar nuevos caminos dejaron también de escuchar a Dios.
Entonces Dios vio que el ser humano aún no estaba preparado para tener un espíritu tan noble, pero como también lo amaba puesto que era la parte más hermosa de toda la creación, estableció una dificultad para que sólo aquellos que la resolvieran tuvieran acceso al espíritu y así pudiesen llegar hasta él, hasta Dios.
El Señor de la Creación se metió dentro del espíritu humano y se escondió en lo más profundo de cada ser, de cada hombre y cada mujer. Pero cuando los seres humanos intentaban encontrar su espíritu en lo interior (rezando o meditando) Dios mismo desde el fondo les susurraba sus propios errores para que no volvieran a cometerlos; entonces los seres humanos sentían mucha vergüenza y tenían miedo de Dios. Por eso es que nos cuesta tanto la soledad y el silencio interior.
Fue así que Dios, que no quería que le tuvieran miedo sino que lo amaran porque él mismo los amaba, dio una pista para resolver la dificultad del espíritu, y dijo: -"Que cada ser humano busque dentro suyo los elementos con los que fue creado, que sepa qué tiene de agua, qué tienen de aire, qué de fuego y qué de tierra, que distinga lo que hay de femenino y lo que hay de masculino en su propio ser. Si sigue con respeto los pasos de la creación, entonces encontrará su espíritu y así llegará hasta mí..."

Y dijo además: -"Cuando todos los seres humanos encuentren dentro suyo los cuatro elementos primordiales, serán verdaderos guerreros, nobles y puros, y toda la creación estará en armonía, y ellos podrán colaborar con la creación en lugar de destruirla..."

miércoles, 11 de enero de 2017

Cuento del Ermitaño

Se cuenta lo siguiente de un viejo anacoreta o ermitaño,  es decir, una de esas personas que por amor a Dios se refugian en la soledad del desierto, del bosque o de las montañas para solamente dedicarse a la  oración y a la penitencia.

Se quejaba muchas veces que tenía demasiado quehacer.

La gente preguntó cómo era eso de que en la soledad estuviera con tanto trabajo.

Les contestó:

"Tengo que domar a dos halcones,

entrenar a dos águilas,

mantener quietos a dos conejos,

vigilar una serpiente,

cargar un asno y

someter a un león".

No vemos ningún animal cerca de la cueva donde vives.

¿Dónde están todos estos animales?

Entonces el ermitaño dio una explicación que todos comprendieron.

 Porque estos animales los tienen todos los hombres, ustedes también.

Los dos halcones, se lanzan sobre todo lo que se les presenta, bueno y malo.

Tengo que domarlos para que sólo se lanzan sobre una presa buena,

son mis ojos.

Las dos águilas con sus garras hieren y destrozan.

Tengo que entrenarlas para que sólo se pongan al servicio y ayuden sin herir,

son mis dos manos.

Y los conejos quieren ir adonde les plazca, huir de los demás y esquivar las cosas difíciles.

Tengo que enseñarles a estar quietos aunque haya un sufrimiento, un problema o cualquier cosa que no me gusta,

son mis dos pies.

Lo más difícil es vigilar la serpiente aunque se encuentra    encerrada en una jaula de 32 varillas.

Siempre está lista por morder y envenenar a los que la rodean apenas se abre la jaula, si no la vigilo de cerca, hace daño,

es mi lengua.

El burro es muy obstinado, no quiere cumplir con su deber.

Pretende estar cansado y no quiere llevar su carga de cada día,

es mi cuerpo.

Finalmente necesito domar al león, quiere ser el rey, quiere ser  siempre el primero, es vanidoso y orgulloso,

es mi corazón.

miércoles, 4 de enero de 2017

Cuento del anillo

Un día un sabio maestro recibió la visita de un joven que se dirigió a él para pedirle consejo:

— Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro sin mirarlo, le dijo:

— Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después... y haciendo una pausa agregó: — si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
— E... encantado, maestro— titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

—Bien— asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y al dárselo al muchacho, agregó:

— Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, quienes lo miraban con algún interés.

Pero les bastaba el escuchar el precio del anillo; cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

¡Cuánto hubiera deseado el joven tener esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Triste, subió a su caballo y volvió a donde el maestro se encontraba:

— Maestro -dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
— Qué importante lo que has dicho, joven amigo —contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

— Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
— ¡58 MONEDAS! — exclamó el joven.
— Sí, -replicó el joyero— yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
— Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo— Tú eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?